lunes, abril 03, 2006

Los Estudios Culturales como alternativa para la construcción de una Bibliotecología de la esperanza (I)

1. Todo desencanto motiva una fuga: Contexto sociocultural latinoamericano problematizado por el proyecto de globalización

Para comenzar vamos a introducirnos y a problematizar el tema de un mundo construido por discursos de expertos al servicio del paradigma tecnoeconómico, desde los cuales se niega la diversidad cultural y se sustenta la discriminación y la exclusión, es decir, se niega nuestra realidad sociocultural para tratar de imponer un modo de pensar, si puede llamársele así, alineado con los intereses del negocio transnacional.

Con la primacía de lo económico sobre lo político, en nuestro país, y seguramente en el resto de los países latinoamericanos, la política se ha convertido en lo que David Sogge ha definido como “el arte de impedir a los ciudadanos intervenir en los asuntos que les conciernen”(1). En este proyecto de globalización del capitalismo, lo que trata de imponérsenos es la escuela del pensamiento económico del nuevo fundamentalismo neoliberal. Estamos viviendo en un mundo influenciado por los intereses del mercado internacional de bienes simbólicos, cuyo paradigma es el consumo cultural.

La racionalidad económica, la que ordena aplastar al contradictor, a la competencia, y genera las desigualdades y la exclusión que todos nosotros de alguna u otra forma conocemos, ha fragmentado los lazos sociales y destruido los vínculos culturales y políticos de las comunidades latinoamericanas. La racionalidad económica impone sus leyes como única vía de existencia y de sustento del sistema actual, lo que amenaza la supervivencia de las culturas, e impone como única posibilidad la civilización del consumo.

Este fenómeno ha creado y estimulado una especie de anomia, de desencanto, de pobreza mental de la que es urgente tomar conciencia y superar por nuestra propia cuenta. Así pues, desde el espacio universitario es urgente reflexionar sobre las encrucijadas que afectan y ponen en riesgo inminente de extinción el orden socio-cultural latinoamericano. Así, por ejemplo, en el escenario universitario debemos trabajar en función de impedir las privatizaciones de lo que tiene que ver con lo cultural y lo educativo, pues esto debilita la dimensión de lo público, “la dignidad de lo público” como lo expresa el periodista Javier Darío Restrepo, lo cual se manifiesta en esa especie de cinismo generalizado con el que los medios de comunicación construyen discursos flatulentos para desorientar nuestra atención de los problemas que realmente nos conciernen.

Uno de los problemas radicales a enfrentar es el de la reivindicación de la utopía, es decir, la posibilidad o el sueño que nos sirve de inspiración para actuar y ser en el mundo. Y esta es una limitación muy difícil de superar porque el discurso del sistema en el que estamos (pero no somos), basado en la eficacia, la productividad y la competitividad, niega la validez y la existencia de la utopía. Otro problema que encontramos es la aparente incapacidad para dar respuesta a los problemas socio-culturales que históricamente no se han resuelto en nuestras sociedades, tales como la desigualdad en el acceso y uso de los bienes (entre ellos el conocimiento) y los servicios (entre ellos los de información), el desempleo, la pobreza, la marginación, la exclusión, la violencia, que no son otra cosa que perversiones causadas por el actual sistema de mercado. Por todo esto, hoy Latinoamérica es el desencantado producto de una serie de trasplantes histórico-culturales que en muchos casos han sido impuestos por agentes externos y, en otros, implantados por nuestras clases dominantes de manera irresponsable.

Es urgente, por lo tanto, tomar conciencia, abordar y empoderarse, hacerse cargo, de las cuestiones que afectan y atentan contra la supervivencia de nuestros sistemas simbólicos y de representación del mundo de la vida, que no es sólo la ciencia ficción que nos mantiene frente a una pantalla en un peligroso estado de fascinación, y tampoco el discurso exaltado, y por lo mismo también peligroso, de los profetas de un mundo feliz de virtualidades y conectividades en las que, supuestamente, no existe el conflicto ni la diferencia. En este punto, las preguntas que podrían plantearse a estos discursos perversamente tecnofílicos serían: ¿Cómo virtualizamos la dominación y la dependencia, la exclusión, la pobreza, el desempleo y la violencia? ¿Solucionamos nuestros problemas si la soledad, la desesperanza, la anomia y el desarraigo están interconectados?

La propuesta radical debe estar apuntando a que si queremos comprender y transformar seriamente el destino de nuestras sociedades, aún a pesar de los desequilibrios políticos y económicos que nos sitúan entre las sociedades excluidas o, si mucho, entre las adaptadoras de las innovaciones tecnológicas, es preciso revisar y superar nuestra mentalidad colonizada por intereses ajenos.

El paradigma tecnoeconómico, el pensamiento único, el proyecto neoliberal de globalización, la construcción de una sociedad informatizada o de una cibersociedad, en pocas palabras, el espejismo de un desarrollo basado en el crecimiento de la economía y de la riqueza, en tanto se consideren como dimensión única o exclusivamente predominante de la humanidad, no son más que una quimera que ingenuamente nosotros estamos creyendo, ya sea que se acepte irreflexivamente como es el caso de los seudoprofetas tecnofílicos, o para criticarla y satanizarla apasionadamente como muchos pesimistas que se han puesto del lado de una resistencia ortodoxa.

La tesis que quiero dejar planteada aquí es que, como individuos que inevitablemente construimos y procesamos símbolos, pensamos y teorizamos sobre nosotros mismos, sobre los otros y sobre el mundo; y como colectivo que producimos y reproducimos una cultura, cuya esencia es la comunicación, poseemos un estilo de pensamiento, un discurso propio que intenta explicar y comprender lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos, esto es, un modelo de concepción del mundo y de nuestra existencia en él, que tiene la misma validez y legitimidad que muchos otros discursos construidos por otras culturas.

En consecuencia, se puede afirmar que no hay un modelo o paradigma que sea hegemónico absolutamente. A pesar de que históricamente algunos modelos de mundo han predominado sobre otros, y en muchas situaciones algunos han deslegitimado a otros, nunca se ha dado la situación en que exista un solo modo de pensamiento ni una sola forma de concebirnos en el mundo. Entonces, aunque cierto grupo social ostente el poder militar, político, económico y tecnológico, nunca podrá colonizar ni controlar lo que nos es propio: el ejercicio del pensamiento y, con esto, nuestra propia capacidad de construir conocimiento.

Si aceptamos, pues, que no es posible un pensamiento hegemónico sino que, por el contrario, lo propio de la humanidad es una red indeterminada de pensamientos en constante interacción, una diversidad irreductible de saberes que se copian, se adaptan, se contrastan, se complementan y se recrean. Si partimos de esta certeza, las preguntas obligadas son, entonces, ¿cuál es nuestro modelo de explicación y comprensión del mundo? ¿Cuál es el discurso que orienta y da cuenta de nuestras acciones?, es decir, ¿qué somos?, ¿qué hacemos?, ¿qué tenemos?, ¿cómo nos definimos simbólicamente?, ¿cuál es el discurso que da cuenta de la cultura que heredamos y que construimos en la temporalidad de nuestro ser en el mundo? Y en lo que nos concierne como intelectuales que responden a una necesidad social, ¿cuáles son las prácticas con las que intervenimos en la construcción de esa cultura?, ¿cuál es nuestro papel en los juegos de poder con los que se construye socialmente lo cultural? Y en lo que nos atañe como bibliotecólogos, ¿cuál es la función viviente de las bibliotecas en nuestra sociedad?, ¿cómo dotamos de un discurso propio a la Bibliotecología para dar cuenta de las transformaciones de las comunidades de lectores en colectivos dotados de un modelo propio de pensamiento, de un conocimiento autóctono que oriente la acción y entre en diálogo con los otros conocimientos? Porque el discurso ajeno, construido por otros, con unos intereses y unas visiones de mundo distintas, es insuficiente para designar nuestro mundo y para dirigir nuestras acciones. Por eso nuestro desarraigo, nuestra desesperanza y nuestro extravío. Por eso nos desconocemos en tanto nos quedemos, única y exclusivamente, con el discurso ajeno.

Entre las ideas de Daniel Mato(2) hay una que, desde mi punto de vista es clave, y me atrevo a decir que es radical, esa idea es la de nuestras “mentalidades colonizadas” que nos mantienen en un estado de pobreza mental muy peligroso. Según esto, nuestro modo de pensar ha sido colonizado por las esferas del poder, pero tal vez es que siempre hemos permitido y aceptado que se nos indique qué pensar, cómo pensar, y considero que esto determina de raíz lo que decimos y de lo que podemos hablar, o sea, lo que somos y lo que no somos, lo que hacemos y no hacemos, lo que tenemos o no tenemos. Ahí está la causa radical de lo que hemos sido hasta el presente. No nos hemos encargado de pensarnos desde el lugar en que estamos y somos, desde las interacciones en que participamos y desde lo que queremos ser.

Así mismo, si aceptamos que todo conocimiento es objeto de crítica y que nuestro deber es criticarlo racionalmente, éste se erige como una forma de emancipación cuando apunta a hacer realidad la solidaridad para superar la dominación y el colonialismo.

Y avanzando en esta línea de reflexión, encontramos que como intelectuales y universitarios que nos debemos a un encargo social, es nuestra responsabilidad indagar y dar cuenta de nuestras acciones y omisiones en estos procesos de colonización cultural que sólo responden a una lógica mercantilista. Pues ante la pretensión absolutista del pensamiento único, debemos construir un saber que reubique la ideología tecnológica en función de nuestras necesidades y proyecto de mundo, y no como una fascinación orientada al consumo irracional.

En tanto que colectivo, comunidad, sociedad, podemos concebirnos como redes de intercambio de discursos y de objetos, redes de producción de representaciones del mundo y de nosotros mismos, redes en las que pensamos, actuamos y somos según un orden simbólico sobre el que, como intelectuales, estamos en la obligación de reflexionar y construir un discurso propio. Puesto que tenemos la responsabilidad de aprender a pronunciar nuestras propias palabras y a entablar el diálogo transformador mediante el cual creamos nuestra historia, optamos por explorar la perspectiva y el ámbito de acción de los Estudios Culturales.


(1) SOGGE, David. La trampa de la ayuda internacional. En: Le Monde Diplomatique. Sep. 2004; p. 25
(2) MATO, Daniel (Coord.). Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder. Caracas: Clacso, 2002.

Próximas entregas:
2. Toda fuga supone un encuentro
Los Estudios Culturales y las prácticas intelectuales latinoamericanas como posibilidad de resistencia al pensamiento único y alternativa de construcción de conocimiento autóctono.

3. Todo encuentro provoca el asombro y “la felicidad o algo así”
Los Estudios Culturales son una opción teórico-metodológica para la elaboración de un discurso político-cultural que oriente y clarifique las prácticas intelectuales bibliotecológicas, mediante las cuales pueda afirmarse que otra Bibliotecología es posible y que las bibliotecas, nuestras bibliotecas, no son un mercado.

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